Siempre fui irreverente frente al culto de los clásicos. Me burlaba de los aplausos de retardado que daba Ozzy, de las cabelleras estilo "He-Man" de The Beatles y, en general, me disgustaba el rústico sonido que emanaba de los discos de esos artistas inmensamente ególatras, puercos engreídos.
Me tomó mucho tiempo acercarme a un disco como éste. Quizá pude tomar el atajo de haber mediado alguna recomendación certera, mas no crecí con gurús del rock, ni existía la hiperconectividad actual. Fue algo artesanal, construido con rigor casi científico. Es que ahora lo escucho y suena a tantas otras cosas juntas. Esa perspectiva como la wata cervecera. No te hace atractivo (fetichistas abstenerse), tampoco llega de regalo (es incalculable el capital que descansa en esos rollos). Sin mediar la voluntad, crece de acuerdo a tu sed y se amplia para formar parte irremediable de ti.
Y aquí estoy, intentando explicarme lo que nunca había entendido, la Centralidad de los Clásicos. Cream es esencialmente rock.







